Historia del mundo Lineage/Presagios de guerra
Chronicle 1: Harbingers of War
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La batalla por Giran
Gracias a los esfuerzos del Cardenal Seresin, las semillas de la confianza por fin echaron unas raíces todavía débiles. Ahora todos los pueblos sentían el siniestro presentimiento de la catástrofe que se avecinaba. El fuego infernal de una guerra que amenazaba con devorar la tierra estalló donde nadie lo esperaba: no en las regiones fronterizas ni en el frío norte lleno de monstruos errantes, sino en lo más profundo del reino de los humanos.
La historia es una maestra cruel que nos repite tercamente las lecciones de la vida. Los humanos necesitaban un enemigo como el aire que respiran. Si no lograban encontrar un rival digno, volvían la mirada hacia quienes tenían al lado. Cada vez que me enteraba de las desgracias en el castillo de Giran, recordaba las palabras de mi maestro, de una sabiduría asombrosa: «Los humanos están tejidos con todos los desechos de los Dioses, por eso sus almas están sucias desde el principio...»
Mientras el embajador de los Elfos cruzaba las puertas abiertas del castillo de Aden, el duque Lewin Waldner, señor de Gludio, era expulsado de sus tierras. El poder lo tomó un forastero de linaje y origen desconocidos... En Dion, el duque Ashton fue derrocado por el pueblo sublevado y huyó a Aden. Los mercenarios Ol Mahum impidieron que el ejército del rey Amadeo acudiera en ayuda del duque. La realidad del asedio fue dura: el líder de los sublevados, sentado en el trono de Dion, se convirtió en dueño pleno y absoluto del territorio circundante. Al rey no le quedó más remedio que reconocer al nuevo gobernante. La gente comprendió que, si las revueltas continuaban en otros territorios, el reino quedaría borrado de la faz de la tierra. El destino ya avanzaba hacia el caos: la batalla más importante tuvo lugar en la parte más rica del país y se convirtió en un punto de inflexión vital en el curso de los acontecimientos.
Muchos sucesos extraños precedieron a la batalla por el castillo de Giran. Cuando los señores vecinos perdían sus dominios con tanta facilidad, ¿cómo pudo el Barón Carmon Esthus partir tan despreocupadamente con su ejército en campaña contra Antharas? ¿Dónde están los que sobrevivieron a aquella campaña? ¿Dónde está el propio Barón y por qué confió el castillo a Lionna Blackbird, cuyo origen sigue siendo desconocido?
¿Por qué a quienes estaban en el campo de batalla no les sorprendía en absoluto que todo saliera precisamente así? La respuesta la dieron Zeighard, un mercenario llegado de Elmore para tomar parte en la batalla, y también la joven princesa que luchaba por el castillo cumpliendo el encargo del Barón. Para ambos, como para muchos otros, la causa era una sola: el Presagio de Guerra.
Hindemith, autor de Dasparion (estudiante de Hardin), Año del Imperio 1640
Erika
El lago de Innadril es la frontera entre Giran e Innadril. Un enorme yermo se extiende hacia el norte hasta el Paso de la Muerte. Por el sur desemboca en el lago el Río de las Lágrimas. En la colina que domina la orilla noroeste del lago se alza un castillo desde cuyas torres se puede ver cualquier rincón del lago.
Era un caluroso día de verano, con un sol que quemaba la piel como una flecha. Los pantanos que rodeaban el castillo brillaban con fuerza, aunque los oscuros cúmulos del norte anunciaban un aguacero inminente. Ambos ejércitos, tendidos como la hoja de una espada en combate, esperaban el momento implacable del comienzo de la batalla, igual que los cuervos que graznaban alrededor.
Graham era un hombre mayor, vestido con ropas lujosas, y se parecía más a un mercader de visita en palacio que al Señor de un castillo. Al entrar en la tienda, Sir Graham se colocó la capa y se quejó del fuerte viento del oeste.
Erika Ken Weber, al contrario que Graham, dejaba que el viento le agitara el cabello. Las quejas de Sir Graham aumentaban su inquietud antes de la batalla. Por todo el campamento ondeaban las banderas de los clanes, y el ruido que hacían recordaba el rugido de las llamas de una enorme hoguera. A un lado, los mercenarios repartían flechas del convoy:
- Gracias a Dios y a la ayuda de la iglesia, no tenemos problemas con el equipo. Ojalá todos los demás estuvieran armados como tus mercenarios y no como esos guerreros de segunda.
Graham se sonó la nariz con ganas, expresando su desprecio por el campamento donde se habían instalado los clanes. Muchos clanes se preparaban en silencio para el asedio. Un grupo de 30 elfos oscuros, armados con espadas finas y vestidos con armaduras de mithril, se había reunido en torno a una bandera negra con el escudo de un lobo rojo. Al frente del grupo estaba una mujer de cabello plateado.
- No hay de qué preocuparse, son mercenarios de la Hermandad del Lobo Rojo. Dicen que hace poco derrotaron en una guerra de clanes a un grupo de caballeros de alto rango.
- Oh… es increíble —Graham volvió a sonarse.
- También dicen que no tienen piedad con las otras razas, pero su terrible reputación irrita y espanta a quienes podrían contratarlos. Hace poco alguien del gremio de mercaderes quiso contratarlos, pero perdió la lengua. Seguramente dijo algo inoportuno.
La elfa miró a Erika como si hubiera oído sus palabras. Erika se llevó muy despacio la mano derecha al pecho izquierdo y se inclinó. Sir Graham se dio la vuelta rápidamente. - Basta de inspecciones: debemos volver con Sir Zeighard. - Como desee, mi señor.
Antes de que ella terminara de responder, Graham ya se había girado y caminaba hacia el campamento principal de los mercenarios. Erika sonrió.
De entre los muchos gremios de enanos, el «Yunque Negro» era conocido por crear y usar unos artefactos mecánicos bastante extraños. Se dice que el «Yunque Negro» estuvo implicado en la gran tragedia ocurrida en Dion cuando resucitó el Núcleo de la torre de Cruma.
- Bueno, ¿y qué queréis? De todas formas no tengo nada que decir al respecto.
Zeighard levantó ambas manos, y los tres enanos también alzaron las palmas. En el dorso de sus manos había un tatuaje negro con forma de yunque. Movían sus piernas cortas mientras hablaban, y Zeighard negaba con la cabeza de vez en cuando cuando los enanos le explicaban algo. Por fin, el enano principal estrechó la mano de Zeighard y los enanos se marcharon ruidosamente. Erika contuvo la risa y procuró hablar con cuidado y claridad: - Vamos adelantados, pero Sir Graham considera que la inspección ha terminado, general.
Zeighard pareció sorprendido, pero Graham asintió para confirmar las palabras de Erika: - He visto suficiente de las tropas de Sir Zeighard y espero un buen resultado en la batalla. Pero…
Graham se detuvo y miró a Erika. Ella asintió levemente. - Saldré un momento. - No —respondió Zeighard—. No pasa nada. Confío en ella. - En ese caso… —Graham empezó a hablar, pero volvió a callarse—. ¿Cómo puede fiarse de los enanos?
Una sonrisa apareció lentamente en el rostro de Zeighard: - Yo tampoco me fiaba de los enanos antes, pero sería un error no aceptarlos, teniendo en cuenta la sabiduría que siempre me demuestran.
Satisfecho, Graham abandonó la tienda del general sin decir palabra, dejando a Zeighard y a Erika a solas. - No pensaba salir, general. Pero le agradezco que confíe en mí. - Tenemos que hablar de muchas cosas durante la batalla, pero es mucho más difícil explicarlo todo después.
Zeighard añadió de pronto: - Lo hecho va por delante del plan de preparación. Creo que lo has hecho todo e incluso has contado todas las patatas del convoy de víveres.
Erika se tocó el pelo con modestia.
Quería preguntar por los enanos, pero decidió que Zeighard se lo contaría todo pronto de todos modos.
Siempre pensaba su estrategia a solas y daba a sus subordinados instrucciones que solo contenían lo que había que hacer. Antes ella se sorprendía mucho, pero ahora ya se había acostumbrado al carácter imprevisible de las órdenes del general.
La elfa oscura que mandaba a los Lobos Rojos esperaba el día en que dejaran el campamento. Se acercó a Zeighard y le lanzó un beso. Zeighard la saludó. Las palabras de saludo las pronunció en la lengua de los elfos oscuros, una lengua desconocida para Erika. La mujer, con una sonrisa artificial y sin decir nada, volvió al campamento donde ya se habían reunido todas las tribus. Parecía que le gustaba Zeighard.
Los mercenarios se apostaron en las murallas del castillo. Tapándose los ojos del sol cegador con la mano, Erika intentaba distinguir a los guerreros de las murallas. Veía muchos elfos rubios, de movimientos ligeros y suaves y piel de tono nacarado. A su lado había magos con túnicas blancas sosteniendo sus bastones. - Unos 20 arqueros o más contra nosotros. Debemos estar preparados para grandes pérdidas cuando ataquemos las puertas del castillo. - No te preocupes, Erika —dijo Graham con voz apagada—. Son los restos de sus tropas. Puedes estar segura de que van armados con algo más que los aperos de labranza de antes. Pero sus arcos no pueden ocultar que son pocos.
Zeighard contemplaba en silencio las tropas formadas en las murallas, y una sonrisa apareció en su rostro: - Lionna… ¿Y qué tal es ella?
Erika había oído ese nombre una vez. Cuando se enteró de que el señor de Giran había puesto la responsabilidad del territorio de Giran en manos de una niña de menos de 20 años, se rió de la falta de visión del señor.
Aun así, Lionna Blackbird había dirigido con éxito sus tropas en muchas escaramuzas, pero Zeighard y Erika habían vencido a rivales más poderosos que ella. Sin embargo, les inquietaban los rumores de que Lionna había recibido la protección sagrada del dragón de fuego, Valakas.
Erika procuraba no hacer caso de esos rumores. Quizá porque conocía muy bien esas historias. Desagradecido o no, el general que tenía delante podía matar a un oponente con una sonrisa en los labios. Ella no sabía qué pensaba; solo así podía vencer. Debía confiarle la batalla y concentrarse en las tareas que le habían encomendado.
De repente, los centinelas armaron alboroto; algunos, cuyos puestos daban al castillo, tenían en la cara una expresión de sorpresa y de incredulidad ante lo que ocurría. Con un fuerte chirrido se abrieron las puertas del castillo. En el hueco apareció un elfo con una cota de malla sobre su piel de porcelana. Su calzado era de color platino, y en la cintura llevaba sujeto un cinturón del que colgaba una espada larga. El elfo levantó la mano derecha libre en señal de intenciones pacíficas. - Parece que ha decidido rendirse…
El elfo cruzó el puente sobre el foso y se dirigió al lugar donde estaban Zeighard y Erika, acercándose con cautela a pasos cortos. Se inclinó ante Zeighard, puesto que era el comandante de los sitiadores. Zeighard asintió, y el elfo se irguió y habló con voz elegante: - Este es un mensaje de Lionna Blackbird, que representa al señor del castillo de Giran en su ausencia.
El elfo sacó de la manga un pergamino y lo desplegó con ambas manos. - Valientes oficiales y soldados. Os deseo de todo corazón que seáis dignos y nobles. Como defensora del castillo de Giran, os pido, por favor, que envainéis vuestras espadas y volváis por donde habéis venido. Quién posee el castillo se decidió hace mucho, y no hay razón alguna para discutir esa decisión. Lo que deseáis no se puede conseguir por la fuerza de las armas. Este mensaje es también una advertencia: si decidís atacar el castillo, sabed que conoceréis un destino cruel. Firmado: Lionna Blackbird, comandante de la defensa del castillo de Giran. - ¡Eso es todo!
El rostro indignado de Graham contrastaba con las sonoras carcajadas de Zeighard.
El rostro del elfo, que había terminado de leer el mensaje, no expresaba ninguna emoción. Como todas las demás tribus del bosque que Erika conocía, aquel elfo tenía un rostro en el que era difícil adivinar lo que pensaba. Esperando la respuesta de Zeighard, no pestañeó ni una vez. Zeighard, ya calmado, vociferó: - ¡Ve y dile a esa chiquilla a la que llamas tu comandante que le daré menos problemas si simplemente entrega el castillo! ¡Eso es todo! - Transmitiré que habéis rechazado la propuesta de la dama Lionna. Ahora me marcho.
El elfo regresó rápidamente a las puertas del castillo, dando la espalda al ejército sitiador.
Erika se acercó a Zeighard: - Si intentáis enfurecerlos, ¿no habría sido mejor cortarle el cuello antes de mandarlo de vuelta? - ¿Qué furia? Es solo una formalidad antes del asalto. - ¿De verdad? ¿Hay que seguir estos principios con esa chiquilla, Lionna?
Zeighard asintió: - Es la regla. Todo debe hacerse según las reglas. Ellos defienden el castillo, nosotros atacamos. Declaramos nuestras intenciones y fijamos el día y la hora. A quienes rompen las reglas, el castillo nunca los reconocerá.
Erika dudó, y Zeighard soltó su risa inconfundible. Viera como viera el resultado de la batalla de hoy, no encontraba ni una sola razón por la que pudieran perder. Erika estiró los hombros.
De repente, una ráfaga de viento sopló desde las montañas del norte.
Lionna
De pie en la alta muralla del castillo de Giran, Lionna observaba cómo Wellion regresaba del campamento de los sitiadores.
El caballero elfo pronto se presentó ante ella: El enemigo ha rechazado vuestra propuesta —dijo.
Ella entornó levemente los ojos, confirmando que ya lo sabía. El rostro de Wellion parecía algo alterado, y Lionna intentaba adivinar qué palabras oídas en el campamento enemigo lo habían ofendido tanto.
Contemplaba el campamento de los sitiadores extendido ante el castillo.
«Así pues, lucharemos. Gracias por tus esfuerzos, Wellion.»
El elfo respondió con una reverencia cortés.
«Como se decidió esta mañana, Wellion, quiero que dirijas a la infantería. Si el enemigo derriba las puertas, no debes dejar que llegue a la ciudadela interior. El Barón Esthus me confió la defensa del castillo y quisiera que el enemigo nunca entrara en él.»
«Haré todo lo que esté en mi mano; lo demás está en manos de los dioses.»
«Que la bendición de las estrellas te acompañe.»
El elfo bajó grácilmente por la escalera y desapareció de la vista. Lionna miraba fijamente el campamento de los sitiadores.
En el castillo quedaba menos de la mitad de la guarnición. Incluso Kardi de Hestu y otros en quienes Lionna siempre podía confiar estaban lejos. La desgracia llegó cuando menos la esperaba. ¿Quizá un espía se había infiltrado entre las murallas? En ese caso, ¿podía confiar en alguien?
Por un momento la desconfianza la invadió y toda clase de dudas empezaron a filtrarse en su mente. Aquella muchacha, a quien el destino había puesto en el lugar del señor del castillo, intentaba librarse de los pensamientos que la atormentaban.
La ira envolvía su alma como la niebla cubre el lago. Se aferró al borde de la muralla de piedra con tanta fuerza que se le pusieron blancos los nudillos.
«Estoy dispuesto a prestar toda la ayuda posible en la defensa del castillo, dama Lionna.»
Las palabras sonaron a su espalda, pronunciadas por un Elfo cuya voz no oía desde hacía muchos años. Al volverse, vio que vestía la túnica ceremonial verde que solo podían llevar los sumos sacerdotes de Eva.
«¡Ah, Ellik! ¡Has venido!»
«Lo siento mucho, pero nos retrasaron mucho en Dion.»
«No te disculpes. ¿Estás al tanto de… la situación en la que estamos?»
Ellik asintió. «Antes de venir me reuní con Dubian.»
Caminaban despacio por el castillo.
«Como sabes, este castillo se parece mucho al castillo de Gludio. La batalla más encarnizada se libró en las puertas de la ciudadela interior. Ese lugar resultó ser el punto débil de la defensa del castillo.»
«Lamento que el Duque Waldner haya desaparecido. Era un buen hombre. ¿Sigue sin haber noticias de él?»
El silencio del sacerdote elfo lo explicó mejor que cualquier palabra.
Le tembló la voz. «No podremos defender las puertas del castillo.» Lionna se esforzaba con todas sus fuerzas por contener las lágrimas que la invadían. «¿Qué podemos hacer, en realidad?»
«Estaría bien ganar algo de tiempo en las puertas; eso permitirá a nuestros guerreros de las murallas diezmar sus filas. En cuanto el enemigo atraviese las puertas, debemos estar preparados para replegarnos a las puertas de la ciudadela interior.»
«Esas son mis ideas. En realidad no tenemos otra opción.»
Ellik asintió. Lionna volvió a la muralla. Contemplando el futuro campo de batalla, su mirada se detuvo en la bandera negra con una cabeza de carnero dorada. Los pensamientos le pesaban como grilletes de plomo. «Ahí está el líder enemigo.»
«Supongo que nuestros enemigos piensan lo mismo.»
«Los actos de su líder son arriesgados y poco corrientes, distintos de lo que propondría un consejero típico. Esta guerra sin fundamento cobra fuerza ante nuestros ojos. Debemos encontrar la manera de ganarla.»
En algún momento Ellik sintió respeto por Lionna, una muchacha humana cuya edad no llegaba ni a la décima parte de la suya.
«Ordenad, Lionna.»
Por fin volvió a las filas de soldados y asignó las posiciones de combate a los arqueros y a los magos. Más tarde, mientras daba las últimas instrucciones a la infantería en el patio del castillo, Ellik le trajo a una Elfa. Al presentarlas, Lionna se fijó en que la Elfa tenía un largo cabello dorado y era muy hermosa. Al cuello llevaba un amuleto de Eva, la diosa del lago.
Muchos jóvenes infantes se sorprendieron sin poder apartar la vista de la Elfa, pues era la primera vez que veían a una mujer elfa en persona. «¡Esto no forma parte de vuestras instrucciones!», dijo Lionna en broma. Los soldados bajaron la mirada, ruborizados de golpe. Lionna sonrió y propuso a los Elfos ir a otro lugar para conocerse.
«Esta es Luellin, el oráculo de mi grupo.»
Lionna comprendió que la elfa ocupaba una posición muy alta en la sociedad de los Elfos. Se inclinó para saludar al Oráculo, esperando así ocultar su nerviosismo.
«Te apoyará con su magia protectora y curativa durante la batalla.»
Lionna extendió la mano. «Con nuestras pobres reservas, los arqueros y la infantería necesitarán más esa protección. Os lo ruego, enviadla a las puertas del castillo. Tomar una decisión tan injustificada no me parece correcto.»
Ellik respondió con contención, pero con firmeza. «Sois nuestra líder. Tomamos todas las medidas necesarias para protegeros de las heridas. Si no lo hacemos, todos estaremos en peligro.»
Al darse cuenta de que hablaba demasiado alto, miró a un guardia, que estaba demasiado ocupado para notarlo. Volvió a hablar, ahora en voz más baja.
«Cuando empiece el asalto, aquí habrá un caos increíble. Francamente, me repugnan este tipo de batallas. Jóvenes o viejos, los que han visto mucho y los que apenas han vivido, da igual: morirán en un instante. Aun así, una cosa es absoluta: no tenéis derecho a morir.»
Lionna asintió sin decir palabra. A lo lejos sonó un cuerno. Su sonido grave y resonante avisaba a todos en el castillo: preparaos para la batalla o huid antes de que estalle el caos. Un estremecimiento de expectación recorrió las tropas de ambos bandos.
A muchos de ellos les estaba destinado engrosar las filas de lápidas olvidadas en algún cementerio anónimo.
Los arqueros colocaron las flechas, apuntaron y tensaron las cuerdas con todas sus fuerzas. La energía azul de los soulshots brotaba con los hechizos que recitaban los místicos, mientras la energía dorada fluía por los cuerpos de los arqueros.
Las tropas sitiadoras se dividieron en unidades de 30 hombres y esperaban la señal de ataque. Por fin, los comandantes de los destacamentos alzaron las espadas y las tropas avanzaron al asalto, al compás arrítmico de los pasos, interrumpido de vez en cuando por gritos de guerra.
Cientos de flechas surcaron el cielo como un arcoíris mortífero.
La batalla había comenzado.
Erika (parte 2)
Como se esperaba, la primera en llegar a las puertas del castillo fue la «Hermandad del Lobo Rojo». Su objetivo era destruir rápidamente las puertas del castillo. Pero en cuanto cruzaron el puente, guerreros elfos salieron de pasadizos ocultos y les cortaron la retirada.
Los guerreros que defendían el castillo llevaban armaduras ligeras que les permitían aprovechar al máximo la agilidad élfica. Su comandante era el caballero elfo que había llevado al campamento de Zeighard el mensaje de Erika. Los defensores del castillo prefirieron, en lugar de luchar cuerpo a cuerpo con los elfos oscuros, cortarles la única vía de escape. Sobre los «Lobos Rojos» atrapados cayó una lluvia de flechas desde la muralla, y sus cuerpos sin vida se amontonaban unos sobre otros. Si Zeighard hubiera enviado refuerzos aunque fuera un minuto más tarde, los «Lobos Rojos» habrían sido aniquilados hasta el último. Al ver la terrible suerte de la primera oleada de atacantes, la moral del resto de los guerreros se hundió. El tiempo parecía cambiar al compás de lo que ocurría en la tierra. Sopló el viento del norte, y las nubes que arrastraba taparon el sol, tiñendo el cielo de color ceniza.
Mientras ocurría todo esto, Erika observaba la reacción de Zeighard. Su rostro parecía el de alguien al que hubieran dado una paliza brutal.
No pudo contener su repentina decepción: "¡Esto no es en absoluto lo que esperaba!"
Zeighard guardaba silencio; parecía estar descifrando algún código en su cabeza. Erika decidió observar en silencio lo que pasara después.
Graham, que estaba al lado, parecía decepcionado. Refunfuñaba algo ininteligible y, por fin, exclamó:
- ¡Esos mercenarios han costado caros! ¡Úsalos, que entren en combate!
Zeighard hizo oídos sordos a las palabras de Graham y dio instrucciones al mensajero:
- La Hermandad del «Lobo Rojo», que se retire. Que los arqueros pasen a primera línea. Apuntad a las piernas del enemigo y lanzad 3 andanadas. Después disparad a los arqueros de las murallas. Los guerreros de las «Garras Torcidas», que se preparen para atacar.
El heraldo repitió las órdenes de Zeighard a las tropas. Pronto las unidades combinadas de arqueros avanzaron. A la orden del Hawkeye y del Phantom Ranger, colocaron las flechas en los arcos y, tensando las cuerdas, soltaron un mar de flechas. El torrente único se deshizo con el viento en miles de pedazos, encendiendo multitud de fuegos a los pies de los elfos. Por suerte, los restos de la «Hermandad del Lobo Rojo» y los guerreros que acudieron en su ayuda se retiraron sin sufrir grandes pérdidas.
Graham se balanceaba de un pie a otro, dolido porque Zeighard lo había ignorado. Por fin, perdiendo la paciencia, puso la mano en la espalda de Zeighard. Las orejas de la pantera que dormía junto a Zeighard se pusieron de punta. La fiera se desperezó y se interpuso entre Graham y su amo. Al pasar, la pantera empujó a Graham de modo que este se tambaleó. Estirando el cuello, la fiera se plantó delante de su señor, bostezó y recorrió a Graham con una mirada despectiva. Graham se recompuso y dio un paso atrás; toda su combatividad se esfumó rápidamente. Zeighard había invocado esa pantera del mundo de las tinieblas un poco antes.
Erika sentía cierta simpatía por Graham; le divertía su silencio frío e inesperado.
Zeighard acariciaba el espeso pelaje del enorme felino, que le respondía con un fuerte ronroneo
Sumido por estos gestos terapéuticos en un estado cercano al trance, el caudillo se dirigió a Graham con una voz de ultratumba:
- No te preocupes, Graham. Son material desechable, y usaremos a estos mercenarios como nos parezca oportuno.
Zeighard hizo una seña a un sirviente para que le trajera una silla; su voz se volvió más autoritaria:
- La batalla aún no ha llegado a la fase decisiva. Así que, por vuestra propia seguridad, sentaos y observad desde una distancia segura.
Al desconcertado Graham no le quedó más remedio que sentarse en silencio.
Una gota. Otra gota. La lluvia arreciaba. Pronto cayó un fuerte aguacero, y las gruesas gotas caían sobre los rostros cansados. El campo de batalla se convirtió en un mar de barro. Sin hacer caso de los caprichosos vientos ni del tiempo, el choque de las espadas y los gritos de los moribundos se oían cada vez más fuerte.
El orco Shakdun, a quien su pueblo había dado el nombre de Aplastador, sentado bajo la lluvia a cierta distancia de los gritos de los moribundos, estaba sumido en una profunda meditación. Al contrario que su calma exterior, una ira hirviente lo desbordaba por dentro. Cuando le llegara el turno de entrar en combate, mostraría a sus enemigos el verdadero sentido de su nombre. Erika se perdía en conjeturas sobre qué pensamientos lo visitaban en ese momento. ¿Quizá pensaba en sus hermanos, acusados de traición? ¿En la vergüenza que sufrió al ser expulsado como príncipe del fuego? ¿O quizá pensaba en la prometida que se había quedado en casa?
La sangre le corrió desde el hombro, brillando sobre su espalda ancha y musculosa. Shakdun ya estaba listo para el combate.
Sus mejores tropas, que apenas pasaban de 20 hombres, envueltas en sus capas, esperaban pacientemente la orden de su caudillo. Uno de ellos se quitó la capa, pero el comandante, sin volverse, levantó la mano izquierda conteniendo el ímpetu de sus subordinados. Erika, observando lo que ocurría, decidió que preferiría ir a la batalla con Zeighard que con un orco así.
- Si no os dais prisa en mandarlo a la batalla, Shakdun puede empezar a blandir su maza aquí mismo —dijo Graham, como si esperara el momento oportuno. Se tapaba de la lluvia con un trozo de papel encerado, sentado en el sillón que había mandado traer Zeighard—. Ese orco es el Aplastador: ¡arrasó la aldea de los orcos de la tribu Taik en el Forest of Mirrors!
- Nadie usa una lanza para matar moscas. Todavía no es el momento de que Shakdun entre en combate.
Graham se levantó de golpe:
- ¿Y cuándo será «ese» momento?
Zeighard permanecía inmóvil, sin pestañear. Parecía que duraba una eternidad. Por fin, Graham encogió los codos y, refunfuñando, se dejó caer de nuevo en el sillón:
- Como siempre, nuestro inquebrantable líder lo sabe todo y no dice nada. Pero si pierde…
- Ganaremos —lo cortó Erika.
Decepcionado y sombrío, Graham desapareció tras el campamento. Erika se alegró de que se fuera; de lo contrario, no habría podido evitar ajustarle las cuentas por su derrotismo.
Llovía a cántaros. Cuando los relámpagos rasgaban el cielo por el nordeste, toda la tierra se volvía blanca. Los truenos retumbaban como tambores.
- Los relámpagos y la lluvia me recuerdan las canciones heroicas de los bardos —se dijo Erika.
Se acercó un mensajero, saludó a Zeighard e informó en voz alta:
- ¡La mesnada de Osori ha sido aniquilada! ¡El caudillo del «Suspiro de la Bruja» ha muerto!
- ¡Eso ya lo vemos, idiota! —antes de que Zeighard pudiera decir nada, Erika se acercó al mensajero siseando, perdiendo el control de sus emociones
- ¡Eso ya lo vemos, idiota! —le siseó al mensajero Erika, que había perdido el control de sus emociones, antes de que Zeighard pudiera decir nada. Los comandantes de las mesnadas que esperaban órdenes se volvieron hacia la inesperada riña. La pantera negra de Zeighard hizo callar a Erika con un gruñido gutural.
Por fin, Zeighard dijo:
- ¿Y qué pasa con los elfos?
- ¿Os referís al enemigo? —preguntó en voz apenas audible el mensajero, conmocionado—. Se retiran, pero parece que algunos siguen combatiendo fuera del castillo.
Zeighard sonrió apenas:
- Por supuesto. Son las reglas del juego.
Zeighard ordenó a un centinela que le trajera un farol y, tomándolo, fue directo a la orilla del lago cubierto de niebla. Un fuego que apareció en medio del lago respondió a su señal.
De repente, el lago arrojó una enorme columna de agua que lanzó piedras al pie de la montaña situada frente al campamento de los sitiadores. Algo se agitaba en el agua. A los sonidos de la lluvia y de las olas se sumó un ruido nuevo, parecido al gorjeo de los pájaros. Pronto se convirtió en un chirrido, como si se cerraran y abrieran a la vez cien puertas de madera. Volvió a oírse un chapoteo y la tierra tembló. Un cuerpo increíble se alzó sobre la niebla como una columna enorme.
Erika intentó distinguir la parte de arriba de la columna, pero comprendió que formaba parte de algo mayor. Tuvo que darse la vuelta para ver aquello entero.
Parecía un hombre, pero sus brazos eran insólitamente largos. Todo su cuerpo estaba cubierto de barro y algas, como si un antiguo gigante hubiera salido del fondo del lago. La lluvia lavaba el barro del gigante. A la luz de los relámpagos, Erika pudo comprender por fin lo que tenía delante:
- ¿Un gólem?
La mole pasó por encima de sus cabezas y se dirigió hacia las murallas del castillo con pasos pesados y amplios.
Lionna (parte 2)
Todas las palabras quedaron olvidadas, ahogadas en la batalla. Los sonidos de la lluvia y de las armas parecían lejanos e irreales. Cuando Lionna vio el gólem, sintió como si un pesado yunque le golpeara la cabeza. Un increíble gigante de hierro, más alto que las murallas del castillo, se acercaba lentamente. Los guerreros que defendían el castillo, aterrorizados, abandonaron sus puestos y miraban al gólem.
- ¡Disparad! ¡Disparad de una vez! ¡No hace falta apuntar a semejante mole! —gritaba alguien a los tiradores. Conmocionada, Lionna apretó instintivamente el asta de la lanza—. ¡Cumplid la orden! —gritaba con todas sus fuerzas—. ¡Recordad a nuestros compañeros que lucharon y cayeron contra Antharas! ¡Luchad para que su sacrificio no sea en vano! —gritaba, con un pie en el parapeto y la lanza apuntando al gigante.
Los oficiales fueron los primeros en responder a su orden y mandaron a guerreros y magos disparar al gólem. Pero las flechas rebotaban en la armadura de hierro del gigante como moscas, y las bolas de fuego de los hechiceros solo dejaban círculos negros en su cuerpo.
La mole gris del gólem, sin hacer caso de la resistencia de los defensores, siguió su camino hacia las murallas. El puente sobre el foso crujió bajo el peso del gigante. Intentando hacerse oír por encima del fragor de la batalla, Lionna ordenaba a sus tropas seguir resistiendo.
De pronto, la mano mecánica del gólem golpeó las puertas con tanta fuerza que Lionna, que estaba cerca, casi cayó de la muralla, pero alguien la sujetó en sus brazos y evitó la caída.
Un par de instantes después comprendió que era Dubain, el hechicero de la Ivory Tower. Tenía la ropa empapada y el pelo mojado pegado a la cara.
Lionna se levantó de un salto y volvió al parapeto de la muralla sin siquiera dar las gracias a su salvador. La enorme máquina alzaba lentamente su enorme brazo para el siguiente golpe contra las puertas. Las flechas y los hechizos que lanzaban los defensores solo dejaban en ella débiles lucecitas que pronto se apagaban.
Perdida, mirando desde lejos, Lionna, sin ver forma de resistir al monstruo de hierro, sentía cómo el vacío le llenaba el cuerpo y el alma.
Dubain dijo: - El gólem lo han creado los armeros del gremio «Yunque Negro». ¿Veis la marca con forma de yunque en su hombro? Para mover una mole tan pesada hace falta una fuente de energía increíble.
Interrumpiendo sus explicaciones, Lionna respondió bruscamente:
- ¿Qué importa eso? Esa cosa va a destrozar las puertas del castillo. ¡TENEMOS que encontrar la manera de detenerla!
En ese momento, un nuevo golpe, más fuerte que el anterior, sacudió el castillo. Guerreros y magos caían de la muralla como fichas de dominó. Lionna se agarró con ambas manos a una columna de piedra para no caerse. Con cada golpe del gólem, los gruesos tablones de las puertas se agrietaban más y más.
Dubain, pegado a la pared de la torre de vigilancia, gritó: - ¡A ese monstruo lo maneja un enano del «Yunque Negro»! ¡Tenemos que encontrarlo! ¡Si lo detenemos, el gólem se convertirá en un inútil montón de metal!
Lionna, sin hacer caso de las flechas de los sitiadores, se asomó por encima de la muralla y escrutó la lejanía. Lo único que podía ver más allá de la orilla del lago era una densa bruma de color lechoso.
Otro golpe de la máquina dejó enormes grietas en las puertas del castillo. De repente, por un instante, a Lionna la cegó una luz que venía del lago. Queriendo saber qué era, echó a correr a lo largo de la muralla.
Dubain la seguía de cerca, creando un hechizo en forma de columna de luz. A un metro de él corría una criatura de ojos enormes que parecía un gato. A la orden del hechicero, el gato saltó a la muralla y, llevándose la pata a la frente, escudriñó la bruma que cubría el lago. Poco después el gato volvió y comunicó telepáticamente a su amo el resultado del reconocimiento: «Enano en el lago»
- ¡Un caballo! —exclamó Lionna al recibir el mensaje. Corrió hacia la escalera—. Luchando contra el enemigo no se ve todo el cuadro desde lejos. ¡Hay que estar en el centro de los acontecimientos!
- ¡No, no puedes hacer eso! ¡Es demasiado peligroso! —dijo cerrándole el paso el oráculo élfico Luellin, que hasta entonces había guardado silencio.
Lionna la empujó con brusquedad y gritó: - ¡Apártate de mi camino!
Luellin se tambaleó un poco, pero siguió cerrándole el paso a Lionna. Mirándola fijamente a los ojos, el oráculo dijo: - ¡Mi vida y la de todos los que defienden el castillo dependen de ti!
Los guerreros de las murallas miraban a Lionna, y sus miradas confirmaban las palabras de la elfa.
Las frías gotas de lluvia le caían en el cuello, los hombros y el pecho. Lionna, recordando que tiraba bastante bien, ordenó: - ¡Un arco!
Un arquero le dio su arma. Lionna fue rápidamente al extremo norte de la muralla: - Dubain, pluma y papel.
El mago y el Oráculo la seguían. - Habla, yo escribiré tus palabras.
Al llegar a la muralla norte del castillo, Lionna ató la carta a una flecha. Imaginó el lugar donde debía caer la flecha, tensó la cuerda y soltó. La flecha se elevó y, describiendo un arco, desapareció en la niebla.
Tras seguir la flecha con la mirada, Lionna se dirigió a la muralla oeste del castillo. Le quedaba mucho por hacer.
Bajo el mando de Wellion no había más de 20 humanos y elfos. Su destacamento estaba en un pequeño trozo de tierra entre el castillo y el lago. Los sitiadores no imaginaban que la escasa guarnición pudiera destinar parte de sus hombres a actuar fuera del castillo. El destacamento de Wellion lo formaban infantes que habían salido del castillo por una puerta secreta del norte, y esperaba nuevas instrucciones.
En cuanto Wellion leyó la carta que le habían enviado con la flecha, dirigió de inmediato su destacamento hacia el lago. Evitaron a las tropas que asediaban el castillo, concentradas sobre todo ante las puertas. Pasaron junto a las murallas del este y avanzaron por la orilla del lago según el plan de Lionna. La densa niebla ocultaba sus movimientos a los ojos del enemigo.
Al llegar a su destino, se toparon cara a cara con el enemigo.
El enano sostenía en una mano un libro protegido de la lluvia, y en la otra un extraño artilugio mecánico que agitaba en dirección al gólem.
Las miradas del enano y del elfo se cruzaron. Mirando por encima del hombro del elfo, el enano abrió los ojos sorprendido y de repente soltó una carcajada.
Un enorme orco con terribles garras de acero apareció detrás del enano, que se escondió a toda prisa tras él. El comandante del destacamento también dio un paso adelante. Llevaba una pesada armadura adornada con una cruz dorada.
Wellion miró el lago que se extendía tras el orco y escupió. Su espada se alzó lentamente.
Erika (parte 3)
El elfo no tenía piedad. Por la hoja de su espada corría la sangre de los enemigos abatidos. Erika miraba asombrada cómo había acabado con 6 de sus soldados. Un cauteloso ladrón (rogue) se le acercaba por la espalda, moviéndose sin ruido en la niebla. En la mano apretaba la empuñadura de una larga daga dentada.
Erika vio cómo el Ladrón alzaba su daga para el golpe mortal, pero de pronto la sangre brotó de su garganta cortada y la daga cayó impotente al suelo. Una esfera luminosa del tamaño de un puño volvió al elfo, actuando por voluntad propia. El elfo seguía inmóvil como una estatua, y solo sus ojos buscaban una nueva víctima. Su mirada sin emociones cayó sobre Erika, casi oculta por completo en la niebla.
- Ven aquí.
Un aura apenas perceptible brotó del cuerpo del elfo. Los guerreros, espada en alto, avanzaron hacia él. Los mercenarios, poco antes poseídos por la sed de sangre, se detuvieron de repente. La visión de sus compañeros abatidos les decía una sola cosa: se acercaban a su destino.
- ¡Cuidado!
En el momento en que esas palabras salieron de los labios de Erika, la invadió de pronto la inquietud de que la niebla ya no la ocultaba. Ella también dio un paso hacia el elfo; como arma solo tenía una pequeña daga.
Uno tras otro, los mercenarios morían bajo la espada del elfo. Erika intentó reunir toda su voluntad y detener su avance hacia el elfo. Lo único que pudo hacer fue quedarse a un lado mientras el elfo atacaba al enano. Y cuando el golpe mortal estaba a punto de caer sobre el enano, vio al Destructor. Shakdun salió de la niebla. Lanzando el martillo contra el enano, lo tiró al lago, fuera del camino de la hoja mortífera.
Shakdun sacó un par de Jamadhars. Un extraño grito de guerra brotó del pecho del orco: mitad alarido, mitad canción. La espada golpeó hacia el cuello del orco, pero en lugar de carne se cruzó con el frío acero de los puños. Un pequeño resplandor que flotaba sobre el elfo disparó un rayo de luz al pecho del orco. Retrocediendo, el orco bloqueó el ataque. Las seis hojas de los Jamadhars destellaron dos veces. El elfo esquivó un ataque y paró el otro.
El rostro del elfo parecía hecho de arcilla, y los brazos del orco recordaban la cola de un dragón. Cada uno estaba provisto de innumerables púas, y cada golpe regaba la tierra de sangre fresca. «Así no», pensó Erika.
Recogió el arco de uno de los soldados muertos y encontró una flecha en el barro. Tensando la cuerda, intentó disparar al elfo, pero se movía tan rápido que no podía apuntar con seguridad. Sabiendo que de todos modos no podría herir gravemente al orco, soltó la flecha.
La flecha silbó entre los combatientes e interrumpió el furioso ataque de Shakdun. El elfo no le prestó atención y atacó al orco con su espada de una mano. Shakdun se defendía blandiendo furiosamente los Jamadhars. Al chocar, las hojas brillaban con un fuego increíble. El acero rechinaba contra el acero; las armas de los guerreros se trabaron. Con un hábil giro de la empuñadura, el elfo liberó la espada y, con un movimiento de vuelta, rasgó el guante de cuero del orco y la carne que protegía.
La sangre corrió entre las hojas del arma de Shakdun. El Jamadhar resbaló de la mano del orco y cayó al suelo, pesado e inútil.
Erika gritó y corrió hacia el elfo. La hoja de la espada describió un arco hacia ella. Erika sintió cómo la punta le cortaba algunos mechones de pelo mientras caía al suelo. Shakdun atacó, adelantando el segundo jamadhar. El elfo paró ese ataque con una espada y con la otra golpeó al orco en el costado. Este aulló de forma terrible. Erika se puso de rodillas de un salto y gritó: - ¡Muere!
Poniendo todo su peso en el golpe de daga, atravesó la armadura de mithril, la carne, los huesos y, por fin, el corazón del elfo.
El elfo se desplomó lentamente. Al caer de rodillas, en su rostro había una extraña marca de tristeza. Puso los ojos en blanco y cayó al suelo.
Al mirar a Shakdun, vio que contemplaba en completo silencio el cuerpo del enemigo abatido. La sangre aún brotaba de la herida que le había hecho el elfo, pero no era mortal. El orco se quitó el Jamadhar que le quedaba y lo arrojó al lago. Erika sospechaba que el orco estaba enfadado con ella porque había matado a su rival. Dudó un instante y se acercó a él. Tocándole el hombro, dijo:
- No habría podido vencerte.
Shakdun la cortó con una mirada en la que había cierta indefinición. Erika se dio la vuelta.
- Perdona.
Shakdun se acercó a la orilla del lago, donde el enano al que había salvado de la muerte se vendaba las heridas. Sostenía un arma enorme, al menos el doble de alta que él. Shakdun tomó el arma, la hizo girar en el aire y miró a Erika.
- Victoria.
Lo dijo como si leyera una inscripción en una piedra, y luego se echó a reír. Erika forzó una sonrisa, y después su cabeza volvió a llenarse de pensamientos sobre la batalla.
- La resistencia es más fuerte de lo esperado. Muchos enemigos siguen vivos.
El enano estaba sentado en un árbol junto al campamento, con una pipa entre los dientes. Observaba el lago con un objeto cilíndrico.
- Parece que el operador sigue vivo —dijo una voz en algún lugar abajo, junto al pie del árbol. El enano dejó el objeto y miró hacia abajo, a quien lo había obligado a interrumpirse. Un hombre estaba junto a las raíces del árbol. - ¿Qué has dicho? —preguntó el enano.
- Parece que el conductor del gólem ha sobrevivido. El enano soltó una carcajada ronca y llenó la pipa de tabaco fresco. Sus dedos, acostumbrados al trabajo de herrero, no notaban el calor de la ceniza ardiente.
- Eso es una tontería
- ¿Qué? ¿Por qué? —preguntó el hombre que estaba bajo el árbol.
- ¿De qué sirve balancear un farol mientras se maneja el gólem?
El enano dio una profunda calada y dijo despacio y con claridad: - ¿Por qué tomó el orco aquel cacharro del Enano? ¿Porque era demasiado pesado?
El hombre, incrédulo, miraba el lago.
- Entonces… ¿para qué usó Zeighard el farol? - Porque es un zorro. Atrajo a una trampa mortal a los mejores guerreros del enemigo usando solo un poco de fuego. - Pero arriesgar la vida del conductor del gólem…
El enano suspiró. - Zeighard previó que el enemigo pensaría que la luz del farol venía del operador del gólem. Han pagado el precio de su estupidez.
El enano saltó del árbol. El hombre corrió hacia él, pero el enano lo apartó como diciendo que no necesitaba ayuda. - Una prueba en condiciones de combate condenadamente buena. El hombre asintió.
- Confío en que informarás como es debido a nuestros patrocinadores —sonrió satisfecho el herrero del gremio «Yunque Negro».
Lionna (Parte 3)
La resistencia de los defensores estaba rota. Solo diez personas, incluida Lionna, se preparaban para cerrar el paso a los atacantes en el estrecho pasillo tras el salón del trono. Ella se preguntaba cuántos de los guerreros supervivientes podrían alzar la espada cuando llegara el momento. La destrucción era enorme y la situación desesperada, pero quedaba una última esperanza. Si lograban impedir que el líder de los atacantes se hiciera con el corazón del castillo, la reliquia sagrada, vencerían. Pero las tropas de Zeighard eran demasiado fuertes: irrumpieron por el patio del castillo y destruyeron la puerta interior. Ahora se dirigían directamente a la reliquia, y el único camino hacia ella lo cerraba el destacamento encabezado por Lionna.
Lionna veía el estado en que estaban sus guerreros, pero no podía ayudarles en nada. Temía que las heridas y el agotamiento dejaran a sus combatientes fuera de juego antes de que el enemigo apareciera ante ellos. Algunos habían huido aquí del campo de batalla, otros habían ido a parar aquí por capricho de la lucha. Detrás de Lionna estaba el oráculo Luellin; Dubain se había perdido en el caos, y la noticia de la muerte de Wellion había sido para las tropas como un trueno.
Pensando en su situación, Lionna se dio cuenta de que estaba herida. Luellin alzó las manos para pronunciar un hechizo de curación, pero Lionna la detuvo: - Guarda tus fuerzas para los demás.
Los guerreros que estaban a su lado tenían heridas más graves, y Luellin curó sus heridas como pudo.
El choque de espadas dio paso al eco de pasos rápidos. Los enemigos habían acabado con los últimos defensores del patio. Lionna alzó la espada y los guerreros formaron a su alrededor. El enemigo apareció tras la esquina, y Lionna, haciendo acopio de fuerzas, gritó: - ¡Gloria a Giran! ¡Al ataque!
La primera oleada de soldados enemigos fue detenida por un muro de lanzas. Un orco gigante, armado con una enorme alabarda, se abría paso entre las filas de soldados. Lionna supuso que no podría usar su arma en el estrecho pasillo del castillo. Pero su horror no tuvo límites cuando el orco rompió la formación de los defensores. - ¡Estáis en peligro, atrás!
Lionna apartó a empujones a los soldados y corrió hacia el orco, abandonando así el escudo mágico de Luellin.
La alabarda del orco, atravesando la carne con facilidad, partió el granito de las paredes. El olor de la sangre y el polvo llenaron el aire. La mitad de su destacamento cayó en el choque. Una nueva oleada de fuerzas enemigas avanzó tras el orco.
Lionna ordenó a los restos de su destacamento replegarse a la sala de la reliquia. Formaron un círculo cerrado en torno a la reliquia, y los enemigos los rodearon. Lionna comprendió que había llegado la hora de reconocer la derrota. Miró a su alrededor. Incluso el balcón del segundo piso, que rodeaba la sala, estaba ocupado por completo por arqueros enemigos. Las flechas que les apuntaban destellaban con una luz fría. - No disparéis.
Los guerreros enemigos que bloqueaban la salida se apartaron, y Zeighard Ein entró en la sala acompañado de la pantera negra. Miró al orco y dijo: - Shakdun. En la parte este aún queda resistencia.
El orco no se movió. - No tiene sentido que estés aquí. Ella ya no puede luchar.
El orco no apartaba la mirada de Lionna. - ¡Shakdun!
El orco se dio la vuelta y salió de la sala. Zeighard miró a la muchacha que estaba entre los cadáveres, con la espada en la mano. Le sonrió levemente.
- Cuánto tiempo, dama Lionna. ¿O en este caso debería llamaros "Sir"? - Zeighard. - Es una pena que esta vez nos hayamos encontrado como enemigos. - No veo nada que lamentar.
Zeighard frunció el ceño y volvió a mirar a la muchacha que tenía delante. Tenía el pelo revuelto y la cara cubierta de manchas de sangre.
- Incluso desfigurada por la batalla, no eres menos hermosa que la noche que pasamos juntos entre las ruinas de la fortaleza. Lionna se lanzó contra él. Él se apartó con elegancia, esquivando el golpe. Desenvainó la espada y paró también su segundo ataque. Entre esos ataques de Lionna, toda la sala se sumió en el caos.
Luellin, lanzando una mirada a Zeighard, empezó a pronunciar un hechizo, pero la pantera negra se le echó encima. El oráculo, agotada, no pudo esquivarla a tiempo. La pantera la derribó al suelo y la sujetó con sus enormes patas. El oráculo intentó alcanzar su bastón, pero la pantera lo apartó. Después le clavó los colmillos en la garganta. Luellin quedó inerte y la sangre empapó su túnica azul.
Lionna oyó el grito de muerte de Luellin, pero no tenía tiempo de sentir nada al respecto. Se había quedado sola, rodeada de enemigos, pero concentraba toda su atención en Zeighard. Por alguna razón, su parada se retrasó medio segundo. La punta de su espada se coló bajo su armadura. Una gota de sangre le resbaló por la mejilla a Zeighard.
Intentando recuperar el aliento, Lionna vio que los hombres de Zeighard no le prestaban ninguna atención. De pronto empezaron a tropezar y a caer uno tras otro. Solo entonces se fijó en un débil rayo de luz violeta que atravesaba la sala y se aferraba a los soldados. Al mismo tiempo, una extraña criatura parecida a un gato atacaba a los arqueros del segundo piso. - ¡Lionna! ¡Aquí!
Los que habían entrado en la sala eran Dubain de la Ivory Tower y Elvin Elder. Una bola de fuego giratoria, aparecida en las yemas de los dedos de Dubain, voló hacia Zeighard. Todo el cuerpo del "Vengador Oscuro" quedó cubierto por una llama rojo oscuro. Zeighard, cruzando los brazos sobre la cabeza, rodaba por el suelo. En ese momento, su pantera corría hacia el hechicero elfo. Dubain gritó y cayó. Lionna corrió hacia él. Zeighard, que ya había apagado las llamas, le cerró el paso. La espada de Lionna se llenó con la fuerza de los espíritus. Su ataque iba dirigido a la cabeza del Vengador Oscuro. Y de nuevo él lo paró.
De repente, un fuego rojo parpadeante se encendió bajo sus pies. Unas raíces rojas fantasmales se enroscaron en sus piernas, impidiéndole moverse.
Elder terminó el hechizo y llamó a Lionna, pero ella corría en ayuda de Dubain. Clavando la punta del bastón entre los afilados dientes de la pantera, él empujaba con ambas manos. La pantera cayó al suelo, aún con el bastón en la boca. Dubain se acercó a ella. Una llama blanca apareció junto al cuerpo de la pantera, y después un destello brillante la golpeó con fuerza. Un humo negro envolvió a la pantera y desapareció, llevándose a la fiera a la realidad de la que la habían invocado.
Mientras ayudaba a Dubain, Lionna se dio cuenta de que uno de los soldados dormidos de Zeighard empezaba a dar señales de vida. Era evidente que pronto volverían en sí del todo.
Antes de salir de la sala, Lionna se volvió para mirar a Zeighard. Sus ojos oscuros brillaban mientras sonreía. - Adiós, Lionna Blackbird.
Lionna sabía que él esperaba una respuesta, pero no pensaba darle ese gusto. Se dio la vuelta sin decir nada.
Lionna, Dubain y Elder salieron de la sala por el pasillo sembrado de cadáveres.
Epílogo
Las nubes oscuras sobre Giran se disiparon y la lluvia cesó. Zeighard, el cabecilla de los mercenarios, reunió a sus hombres ante el artefacto sagrado del castillo. Cuando Sir Graham entró en la sala para escuchar el informe de Zeighard, lo recibieron las miradas recelosas de los mercenarios.
"Todos los comandantes de los defensores han muerto o han huido. Algunos aún resisten en distintas partes de la fortaleza, pero no por mucho tiempo".
Graham aplaudió y se acercó a Zeighard. Le puso la mano en el hombro al "Vengador Oscuro".
"¡Sois increíble! ¡De verdad, increíble! ¡Es una victoria completa, Sir Zeighard!"
Zeighard sonrió levemente, mirando a Graham. Graham se acercó al artefacto y dijo, ya con voz tranquila:
"El Señor estará muy satisfecho. Al principio tuvimos algunos malentendidos, pero ahora, tras una victoria tan grande, ya no importan. Sin falta informaré al Señor de vuestros duros esfuerzos".
"¿De verdad es necesario molestarlo con eso?"
Zeighard se colocó junto a Graham y examinó el artefacto. El artefacto era una figura de mujer sobre un pedestal incrustado de piedras preciosas. Aquella estatua no era un simple adorno. Daba al dueño del castillo el poder absoluto sobre las ricas tierras de Giran.
"Curioso".
Graham abrió mucho los ojos, como preguntando «¿qué quería decir?». "Aunque, por otra parte..." El vengador oscuro se quitó el guante de la mano izquierda y dio un paso adelante, acercándose al artefacto.
Graham agitó las manos. "¿Qué, qué?" Soltaba risitas nerviosas al hablar. "Sir Zeighard, vuestro trabajo termina aquí".
Zeighard sonrió.
"Basta de hacer el tonto. Puedes estar seguro de que el pago no te decepcionará. Te pagaré cuanto desees. Espera a que el Señor reciba el poder del artefacto, como se acordó"
La mano derecha de Zeighard bajó hasta la cadera y luego avanzó. Su movimiento fue suave y natural, como si sacara un cepillo para quitarse el polvo de la ropa. Cuando la cabeza de Graham cayó al suelo, en el rostro de Zeighard seguía la misma sonrisa. Zeighard envainó la espada; en ella no había ni una gota de sangre.
"Me había acostumbrado a sus quejas constantes. Casi da pena que no volvamos a oír su voz." Los mercenarios soltaron una sonora carcajada.
Zeighard tocó suavemente la estatua con la mano izquierda. La estatua y las piedras empezaron a brillar con una débil luz roja. La luz, al tocar la mano de Zeighard, desapareció dentro de él. Y todos los que habitaban las tierras de alrededor de Giran comprendieron que el castillo había cambiado de dueño.
Zeighard y sus mercenarios salieron de la sala del artefacto. En el suelo de la sala imperial había una alfombra dorada. En el extremo opuesto a la entrada había una mesa cubierta de oro. Frente a la mesa colgaba un escudo verde oscuro. Debajo había un estrado rojo y un escabel con forma de cabeza de lobo. Junto al trono estaban los sirvientes y el tesorero que servían al dueño del castillo.
"¿Queréis decir algo?"
El tesorero sonrió levemente y asintió.
Zeighard se levantó despacio y se sentó en el trono, apoyando la cabeza en la mano izquierda y cruzando una pierna sobre la otra. Satisfecho, sonrió. Con el tesorero a la cabeza, los demás sirvientes juraron lealtad al nuevo señor del castillo.
Unos 20 cofres de madera estaban esparcidos en desorden por el segundo piso del castillo. Erika Ken Weber, sacudiendo el polvo del último cofre, abrió la tapa para ver qué había dentro. Eran viejas herramientas de jardinero.
Erika soltó una maldición y pateó el cofre con todas sus fuerzas. Volvió a mirar dentro del cofre y, decepcionada, salió de la habitación.
Las herramientas que había visto al principio habían desaparecido.
Todo el vestíbulo estaba cubierto de cadáveres, tanto de los sitiadores como de los defensores. Pasó junto a los cadáveres del vestíbulo y se detuvo junto a la ventana. Fuera, los guerreros celebraban la victoria con entusiasmo. El ruido de la fiesta en honor del nuevo señor era muy fuerte.
Si lo que no había logrado encontrar en el castillo seguía en manos del enemigo, tendría que dejar el castillo antes de fin de año. Igual que sus aliados, por cierto.
Erika sacudió la cabeza y volvió con sus compañeros.
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