Historia del mundo de Lineage/Diosa de la Destrucción

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El cautiverio de Shilen

Shilen, hija de Einhasad y de Gran Kain, fue seducida por su padre, el dios del caos. Al saber que su hija estaba embarazada de su propio padre, la diosa de la creación la despojó de todo su poder y la expulsó con deshonra. Escondida de la madre que la había maldecido, Shilen, devorada por la ira y la desesperación, dio a luz a espíritus malignos, vástagos de Gran Kain. Algún tiempo después declaró la guerra a los dioses que la habían expulsado. Shilen sufrió una derrota aplastante. Tras enviar a la última batalla a sus propios hijos y perderlos, creó su propio mundo, un mundo de sufrimiento y muerte, y desde entonces todos los muertos iban a parar allí. Los instintos que despertaron en Shilen tras su unión con Gran Kain la empujaban a destruir todo lo existente, y ni la derrota en la guerra ni la muerte de sus hijos pudieron frenar sus impulsos. Para evitar la destrucción del mundo, Einhasad le impuso a Shilen unos sellos, tras contactar a través del emperador Shunaiman con el ángel Anakim y obtener su apoyo. Esas ataduras quedaron bajo el control de la sangre de Shunaiman, y la diosa de la destrucción no pudo liberarse.

Tras la muerte del emperador, la gente que ansiaba el poder de los dioses empezó a romper los sellos de Shilen, y ella tuvo la oportunidad de salir de su encierro.

El regreso de Shilen

Por la codicia de los humanos, se rompieron 4 de los 7 sellos, y Shilen, encadenada en la oscuridad, volvió a abrir los ojos. Empezó a buscar la forma de romper las demás ataduras que contenían su poder. Para quitar los sellos necesitaba distraer la atención de Einhasad, y para eso le hacía falta la Oscuridad, que restaura las fuerzas.

Y Shilen ideó el Gran Sacrificio. Primero ordenó a sus sirvientes matar ritualmente a los adeptos de la necrópolis y las catacumbas, y después creó la Luna Negra, que se convirtió en sus ojos en la oscuridad que siguió.

Shilen empezó a buscar en Elmoreden nuevas víctimas para el sacrificio. El aliento de la diosa, contenido durante mucho tiempo, se derramó sobre el mundo junto con su sangre cuando eligió a sus víctimas. Los primeros en sentir el despertar de Shilen fueron los elfos oscuros: se habían cumplido todos los presagios de su llegada escritos en el Libro de las Revelaciones. Se pusieron a rezar por el renacimiento y la llegada de su protectora.

Mientras tanto, el rey de Aden, Amadeo Cadmus, reunió a eruditos ilustres y les ordenó averiguar todo sobre Shilen. Los resultados de las investigaciones fueron muy poco alentadores. Lleno de miedo, Amadeo acudió al profeta Einhovant. Este le contó al rey que en la guerra contra los dioses los gigantes estuvieron a punto de vencer; eso significaba que quien obtuviera el poder de los gigantes podría evitar la destrucción del mundo iniciada por la diosa de la muerte despertada.

El profeta Einhovant

Con varios siglos de vida a sus espaldas, Einhovant era un profeta con el que hablaban los dioses. Le dio a Amadeo un consejo que confundió y desconcertó al rey.

Einhovant afirmaba que las personas con el poder de los dioses se convertirían en los seres más fuertes al obtener el poder de los gigantes.

Giants

La raza de los gigantes apareció al principio de los tiempos. No se sabe con certeza de dónde vinieron, pero algunas fuentes dicen que llegaron al mismo tiempo que los dioses.

Aunque su poder no tenía origen divino, era enorme. Y cuando los gigantes desafiaron a los seres superiores, la ventaja estaba de su lado.

Los dioses, debilitados por sus disputas internas, tuvieron que retroceder ante unos ataques llenos de furia irresistible. Solo cuando Shilen fue sellada y todas las fuerzas se volvieron contra los gigantes, la suerte se puso del lado de las huestes encabezadas por Einhasad y Gran Kain. Durante la lucha cambiaron los contornos de los continentes y aparecieron nuevos mares en cuyas profundidades desaparecieron las cumbres de las montañas más altas. Al final, los gigantes fueron derrotados. El último de ellos, Hermuncus, robó parte del poder de Einhasad y lo escondió en una dimensión vecina. Por ello, al rey de los gigantes, prisionero, le quitaron los brazos y las piernas, y su espíritu quedó sellado en la Isla Celestial.

El Poder del Gran Gigante

El poder de los gigantes era de una naturaleza distinta a la de los dioses. El espíritu de los héroes de la era de los gigantes, conservado en un pergamino del otro mundo, podía despertar ese poderío en quien fuera capaz de usarlo. Shilen encontró el espíritu de Hermunkus en la Isla Celestial y lo despertó. Sus ofrecimientos de devolverle la vida no tuvieron respuesta, pues él decidió usar el poder encerrado en el pergamino.

El eclipse solar

Casi justo después de que el cielo se tiñera de sangre, empezó un eclipse solar. La luna negra cubrió por completo el sol y reinó la oscuridad. Era Shilen, que esperaba su oportunidad, entrando en Elmoreden.

Ni siquiera para una diosa fue fácil. La sangre de Shilen cayó como lluvia sobre las tierras de Elmoreden, contaminando ríos y lagos, destruyendo edificios y enloqueciendo a los monstruos que la probaban. Además, debilitó la barrera protectora del mundo y provocó la aparición en masa de criaturas de la oscuridad.

Tree of Life

La sangre letal de la diosa afectó también al Árbol de la Vida, que, al purificar del veneno la tierra y el agua, empezó a morir. Para salvarlo, el anciano elfo Asterios se puso a estudiar los registros de los gigantes sobre la creación del mundo. Durante sus investigaciones descubrió un antiguo manuscrito que mencionaba Magmeld. En esta dimensión, sellada con una puerta con conjuros especiales, la diosa de la luz Einhasad reunió las cosas más hermosas de Elmoreden. Entre otras cosas, colocó en Magmeld un rayo celestial capaz de purificar cualquier oscuridad.

El señor de los elfos comprendió que con ese rayo se podía evitar la muerte del Árbol sagrado, pero el manuscrito no decía ni una palabra de cómo llegar a Magmeld. La respuesta llegó en un sueño. Asterios vio un camino que llevaba a otra dimensión. Ahora solo le quedaba encontrar la misteriosa puerta que cerraba el paso. La posibilidad era ínfima, pero el elfo no tenía elección: si moría el Árbol de la Vida, todo Elmoreden desaparecería en la nada.

La alianza de Aden y el sur de Gracia

La Lluvia de Sangre, por supuesto, no solo la notaron los elfos. El rey de Aden, Amadeo Cadmus, contactó con Astain, señor de Elmore, y con Keucereus, señor del sur de Gracia. Les propuso formar una alianza para hacer frente juntos al peligro que los amenazaba.

Astain se opuso a que entraran tropas en sus tierras, y el tratado no se firmó. Entonces Amadeo decidió actuar por su cuenta. Reunió grupos de combate secretos y los envió a todos los países para encontrar el Poder del que había hablado el profeta Einhovant.

Mientras tanto, los Señores de la Semilla de Gracia recibieron de Shilen la orden de completar el Gran Sacrificio y se pusieron manos a la obra. Empezaron a matar ritualmente a todo ser vivo dentro y fuera de la semilla. Keucereus, que no veía mal una triple alianza y solo la había rechazado porque Astain no apoyaba la idea, envió de inmediato un mensajero a Aden. Amadeo aceptó encantado la propuesta del señor del sur de Gracia. La alianza quedó sellada.

El tratado se basó en estos puntos:

Astain nunca se unió a la alianza.

Giants

La Lluvia de Sangre que cayó sobre Elmoreden envenenó a muchas criaturas, y sus muertes devolvieron a Shilen parte de su poder, pero no bastó para romper los sellos que encadenaban a la diosa de la muerte. Así que empezó a buscar otras formas de traer aún más sufrimiento y muerte a este mundo.

Shilen se acordó del rey de los gigantes, que soñaba con hacer a su raza igual a los dioses y que cedió a sus persuasiones para robar el poder de Einhasad. En la batalla que estalló entonces, los gigantes fueron aniquilados. El rey de los gigantes comprendió que Shilen simplemente lo había utilizado. Y entonces, en los últimos instantes de su vida, escondió el poder robado a Einhasad en algún lugar de las profundidades del espacio. Para encontrarlo, Shilen invoca al espíritu del rey de los gigantes y le hace una propuesta:

«Dime dónde escondiste el poder de Einhasad y te resucitaré».

Pero, escarmentado por la amarga experiencia, comprende que no puede fiarse de la pérfida diosa. Además, ¿qué alegría hay en ayudar a quien hizo desaparecer a todo tu pueblo? Ningún halago ni promesa de Shilen pudo cambiar la decisión del rey de los gigantes. Su espíritu rompe la red de hechizos y se escapa de la diosa. No se da cuenta de que un hechizo muy, muy sencillo marca su camino, y de que en el rostro de Shilen se dibuja una sonrisa astuta.

El rey de los gigantes quiere encontrar él mismo el poder de Einhasad. Así no necesitará la ayuda de la diosa de la muerte para resucitar. A Shilen solo le queda seguir al espíritu y robar el poder para su propia liberación.

Al final, Shilen dio el paso correcto.

La Niebla de la Peste

Una niebla extraña cubrió todo el continente. Y al cabo de un tiempo, una peste de origen desconocido empezó a hacer estragos por toda la tierra. La enfermedad se propagaba muy deprisa, llevándose cientos y miles de vidas. Aldeas y ciudades enteras quedaron desiertas.

Para investigar y eliminar las causas de la enfermedad se enviaron desde Aden y Elmore grupos de eruditos y mercenarios. Todos fracasaron y, como muchos otros, fueron víctimas de la epidemia. La niebla se hacía cada vez más espesa, y la hipótesis de que era obra de Shilen ganaba cada vez más partidarios.

Al mismo tiempo, el anciano elfo Asterios, que había partido en busca de la puerta dimensional a Magmeld para salvar el Árbol de la Vida, recibe una pista de Nerupa* y se dirige a la cascada de Anghel. Allí se encuentra con una extraña niebla muy parecida a la que trajo la peste. Asterios disipa esa niebla, y ante él aparece una grieta dimensional que lleva a Magmeld.

Nerupa es uno de los arácnidos, el mayor de 3 hermanos. Un valeroso guerrero que hizo un pacto con el Árbol de la Vida. A cambio de la inmortalidad se comprometió a ser el protector del Árbol. Se encarga del hilo del Destino «Pasado».

Magmeld

Magmeld es la dimensión en la que Einhasad reunió las cosas más bellas del mundo.

Al llegar allí, Asterios conoce al jefe de los gatos, Slaki, y se entera de que el Rayo Celestial que protege este lugar está tapado por la luna negra que ha salido. El anciano de los elfos decide esperar a que aparezca la luz de Einhasad, porque solo ella puede salvar el Árbol de la Vida. Para no perder el tiempo, Asterios reúne los antiguos manuscritos que mencionan el Rayo y los estudia.

En los manuscritos, el anciano elfo descubre otra semilla de Shilen que cayó en Magmeld hace muchos siglos. Llamada la Calamidad, no había podido germinar por la luz de Einhasad. Asterios teme que la salida de la luna negra provoque algo irreparable. Se lanza a buscarla.

Pero ya era tarde, y la semilla de la Calamidad ya había germinado en Magmeld; Agahel, el Señor de la Calamidad invocado por Shilen, se liberó de las ataduras de luz que lo retenían. Usó una brecha espacial y desató sobre Elmoreden los tormentos de las profundidades del infierno: una peste maliciosa. Bajo su peso, el mundo empezó a hundirse poco a poco en los brazos de la muerte.

El Gusano de Tierra Trasken

Shilen despierta al gusano de tierra Trasken, al que los enanos habían dormido. Pretende usarlo como túnel para los sacrificios que unirá Elmoreden con el mundo de los espíritus. Tras su largo sueño, Trasken está furioso, y cuando le llegan decenas de miles de criaturas que han probado la sangre de Shilen, las sacrifica a todas. El sufrimiento y la sangre de los muertos pasan a través del cuerpo del gusano de tierra al mundo de los espíritus.

El terrible sacrificio se conoció por primera vez gracias a la desaparición de los Kracis, elfos oscuros desterrados por vender su alma a cambio de venganza.

El anciano Sipiel notó que la aldea fundada por los Kracis se había quedado vacía de repente. Temiendo su venganza, decidió averiguar adónde habían ido. La búsqueda lleva al anciano de los elfos oscuros a las Mithril Mines, donde presencia cómo Trasken sacrifica a los Kracis y a otros seguidores de Shilen.

Este espectáculo conmociona a Sipiel, que, como todos los de su pueblo, creía ciegamente en Shilen. De vuelta en la aldea, reúne de inmediato el consejo y cuenta en él todo lo que vio en la Mithril Mine. Los elfos oscuros se enteraron de la traición de la diosa y los invadieron la amargura y el dolor. Tras largos debates decidieron renegar de ella. Así perdió Shilen a sus fieles seguidores.

El Observador

Desde alturas inalcanzables, alguien observaba todo lo que ocurría. Para él, Elmoreden era como una pelotita colgando de un hilo.

Pero a veces la máscara de fingida indiferencia de su rostro daba paso a una sonrisa. Aunque solo fuera un instante, los humanos le daban alegría. Los humanos, su creación fallida. Aquellas criaturas, simplemente arrojadas al continente, habían evolucionado y ahora, junto con las demás creaciones de Einhasad, se disponían a enfrentarse a Shilen. En algún lugar de su alma incluso sentía orgullo.

El profeta, que había estado mucho tiempo a su lado, le preguntó: «¿De qué lado estaréis?» «Del lado de mi hija, por supuesto», fue la respuesta.

«¿Entonces por qué miráis con tanto placer a estas criaturas?», no lo entendió Einhovant. El observador soltó una carcajada y, cuando terminó de reír, dijo con voz melosa: «Ellos también son mis hijos».

Un nuevo comienzo

El renacimiento de Shilen puede ser el fin, pero también puede ser un comienzo. El profeta abandonó los aposentos del observador, cuyas intenciones nunca llegó a entender del todo, y partió hacia Aden.

Están a punto de llegar tiempos verdaderamente difíciles, y Einhovant tiene que avisar de ello a los habitantes de Elmoreden.

Los sellos de Shilen

Los sellos de Shilen, creados por Einhasad y hechizados con la sangre del emperador Shunaiman, la retenían en la oscuridad; sin embargo, existía una gran profecía según la cual la diosa de la destrucción cautiva regresaría algún día. Embryo, que soñaba con la resurrección de Shilen, estudió a fondo la profecía y empezó a actuar para acercar el momento de su liberación. Creó un altar de sangre de un tamaño asombroso, necesario para reunir energía suficiente para la reencarnación de la diosa.

La sacerdotisa Maliss y la gran hechicera Isadora

Etis van Etina, tras encargar a Embryo la preparación del altar de sangre, se dedicó a romper los sellos uno a uno y a crear apóstoles con el poder que contenían. Logró convencer a cuatro guerreros codiciosos que ansiaban el poder divino; ellos forzaron cuatro cerraduras, y Etis van Etina creó cuatro apóstoles. No es difícil adivinar qué hizo con quienes, cediendo a sus promesas, se atrevieron a romper los sellos.

Los apóstoles eran increíblemente fieles a su creador y, siguiendo su orden, aniquilaban sin piedad a todo el que, por ignorancia o soñando con hacerse con el poder divino, se acercaba a los cerrojos forzados. Dos de las cuatro criaturas de Etis eran hermanas gemelas cuyas capacidades se complementaban. A Melissa, que recibió el poder del sello de la codicia, le dio la capacidad de sentir la vida en los demás y regular sus corrientes, y a Isadora, que poseía el poderío del sello del castigo, unos talentos mágicos que superaban la energía conjunta de todos los magos de la Ivory Tower.

Fortuna

Cuando los rebeldes encabezados por Spezion marcharon sobre Magmeld, los dioses, engañados por Octavis, frenaron la campaña de los «traidores».

En aquella batalla murió la mayor parte de los rebeldes; Einhasad encerró a su líder en la Jaula Resplandeciente y la condenó a un tormento eterno, y los supervivientes que no fueron capturados volvieron a Fortuna. Pero también a ellos los exterminaron pronto los siervos del Temple of Orbis, cuyo administrador fue nombrado Octavis. Fortuna quedó destruida, pero parte de los edificios sobrevivió y se convirtió en refugio de Ron, que se escondió tras descubrir la traición e intentó restaurar el buen nombre de los rebeldes y liberar a Spezion. Los escasos partidarios de Ron despertaron a los espíritus de aquel lugar para que los protegieran.

El éxodo de las razas a la Talking Island

Dark Elves

Los Elfos Oscuros, fieles seguidores de Shilen, deseaban la liberación de la diosa. Y resultó que el anciano Sipiel, que había partido en busca de los habitantes de la aldea abandonada de los exiliados krasis, fue testigo de sucesos espantosos.

La diosa, intentando romper los sellos que la encadenaban, despertó al gusano de tierra Trasken, al que habían dormido los enanos. Tras su largo sueño está furioso, y cuando le llegan decenas de miles de criaturas que han probado la sangre de Shilen, las sacrifica a todas. El sufrimiento y la sangre de los muertos pasan a través del cuerpo del gusano de tierra al mundo de los espíritus.

Lo que ve conmociona a Sipiel, que, como todos los de su pueblo, creía ciegamente en Shilen. De vuelta en la aldea, reúne de inmediato el consejo y cuenta todo lo que presenció en el viaje. Los elfos oscuros se enteraron de la traición de la diosa y los invadieron la amargura y el dolor. Tras largos debates decidieron renegar de ella. Así perdió Shilen a sus fieles seguidores. Su influencia sobre ellos, sin embargo, no terminó: los largos años de culto a la diosa dejaron en estas criaturas y en su aldea natal el sello de la oscuridad.

El anciano Mitrael propuso que todos abandonaran su tierra ancestral y fueran a la Talking Island, protegida por el poder de la luz. El consejo de la tribu lo apoyó. La aldea de los elfos oscuros quedó desierta y luego se convirtió en refugio de demonios sanguinarios.

Dwarves

El gusano de tierra Trasken, que había dormido mucho tiempo en las profundidades naturales de la Mithril Mine, despierta por orden de Shilen. La diosa quiere que realice el «Gran Sacrificio». Miles de criaturas expuestas a la lluvia de sangre se reunieron en la Mithril Mine y Trasken las mató ritualmente.

Tras cumplir la orden de la diosa, el gusano de tierra, enardecido por las atrocidades que ha cometido, sale en busca de criaturas a las que causar dolor y sufrimiento. La aldea ancestral de los enanos corre el riesgo de ser totalmente destruida por Trasken, y en un consejo urgente la raza de los comerciantes decide abandonar su hogar e ir a la Talking Island, que está bajo la protección de las fuerzas de la luz.

Elfos

La sangre letal de la diosa afectó también al Árbol de la Vida, que, al purificar del veneno la tierra y el agua, empezó a morir. Para salvarlo, el anciano elfo Asterios se puso a estudiar los registros de los gigantes sobre la creación del mundo. Al dar con una mención a Magmeld, parte en busca de esa misteriosa dimensión.

Mientras tanto, la aldea de los elfos quedó cubierta por la niebla de la peste, con la que el moribundo Árbol de la Vida no podía. En el consejo de ancianos se decidió ir a la Talking Island, que está bajo la protección de las fuerzas de la luz, y no volver junto al sagrado Árbol agonizante hasta que apareciera Asterios.

Orcs

Aparte de los propios orcos, pocos han estado en su hogar. Este pueblo cerrado y severo no se lleva muy bien con los forasteros. Incluso en las ciudades viven aparte, y en las tabernas ocupan bancos apartados en rincones oscuros y prefieren escuchar a charlar. Y no digamos ya su aldea ancestral.

El aislamiento les jugó una mala pasada a los orcos. Ya en tiempos remotos, la mayoría se había mudado al continente. Y cuando cayó la peste enviada por Shilen en su intento de liberarse, el nido de los orcos estaba prácticamente vacío: sin ayuda del exterior, fue presa de la enfermedad mortal y de las sanguinarias criaturas de la oscuridad. El jefe de la tribu, Kakan, que se libró de milagro de la enfermedad y de las garras de los monstruos, llevó a los restos de la tribu a la Talking Island, que está bajo la protección de las fuerzas de la luz.

Kamael

Después de que Ye Sagira cayera sobre la Talking Island, Hermunkus despertó. Los Kamael primigenios sintieron a su creador y quisieron lanzarse de inmediato a buscarlo para jurarle lealtad como antaño. Pero se toparon con un obstáculo: muchos Kamael jóvenes creían que no le debían nada al gigante que había creado a sus antepasados. Se produjo una escisión en las filas de los soldados de un ala.

El anciano Kekropus, al ver que las discrepancias acabarían antes en una matanza fratricida que en un acuerdo, propuso que cada uno eligiera. Así, los Kamael se dividieron definitivamente en dos bandos: los seguidores de Hermunkus y los partidarios de la libertad y el autogobierno. Los primeros, encabezados por Kekropus, se dirigieron a la Talking Island. Los segundos se quedaron en su aldea ancestral y, cuando empezó la lluvia de sangre, seguida de cerca por la peste mortal, desaparecieron sin dejar rastro.